martes, 22 de enero de 2013

En nuestro camino encontramos muchas almas con las que interactuamos 
e intercambiamos energías de un modo que contribuye a nuestro 
crecimiento y al suyo. Aprendemos lecciones conjuntamente. 
Compartimos la mesa. Compartimos el amor. Pero a menudo llega el 
momento de decir adiós. 
Hay despedidas que llegan de manera súbita, inesperada, sin 
advertencia. Hay despedidas que podemos planear y hasta programar. 
La duración de la despedida no tiene importancia. Lo que importa es 
cómo manejamos nuestras despedidas. 
Podemos despedirnos con el corazón abierto y agradeciendo todo lo 
que hemos aprendido. O podemos cerrar el corazón y decir con 
amargura que hemos vuelto a perder. 
Podemos decir adiós con una actitud de confianza, fe y amor, en la 
creencia de que nuestros corazones nos unieron durante un tiempo 
para disfrutar de la vida y avanzar a nuestro viaje. O podemos 
hacerlo emitiendo juicios duros preguntándonos "¿qué hicimos mal 
para que nuestro camino nos impidiera continuar unidos?". Podemos 
decir adiós con el corazón abierto, sintiendo tristeza, añoranza y 
alegría. O podemos decir adiós bloqueando nuestras emociones y 
afirmando que así es la vida. 
A veces es hora de decir adiós. No siempre podemos elegir el 
momento, pero podemos elegir las palabras de nuestro corazón.

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