Dejo ir y permito que la magnificencia de Dios fluya por medio de mí.
Al dejar ir, permito que la sabiduría divina fluya libremente. En vez de levantar las manos con desesperación, las uno y me dirijo a mi interior. En el silencio de la oración, las respuestas que he estado buscando surgen fácilmente a la superficie de mi conciencia.
Los milagros suceden. Cuando me hago a un lado y permito que la guía divina fluya, libero la sabiduría de Dios en mí.
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