Una mujer que toma conciencia de su ciclo y las energías inherentes a él también aprende a percibir un nivel de vida que va más allá de lo visible; mantiene un vínculo intuitivo con las energías de la vida, el nacimiento y la muerte, y siente la divinidad dentro de la tierra y de sí misma. A partir de este conocimiento la mujer se relaciona no sólo con lo visible y terrenal, sino con los aspectos invisibles de su existencia.
Fue a través de este estado alterado de la conciencia que tenía lugar todos los meses como las chamanas/curanderas, y más adelante las sacerdotisas, apoptaron al mundo y a su propia comunidad su energía, claridad y conexión con lo divino. La curación, la magia, la profecía, la enseñanza, la inspiración y la superviviencia provinieron de su capacidad de sentir ambos mundos, de viajar entre los dos y de llevar sus experiencias de uno a otro.
El incremento del dominio masculino en la sociedad y la religión hizo declinar la posición social de la chamana y la sacerdotisa hasta tal punto que los hombres terminaron`por adoptar sus roles. El papel de la sacerdotisa fue tan fuertemente reprimido por la sociedad occidental que la actividad de la mujer en la religión estructurada terminó por desaparecer por completo; lo que sí consiguió perdurar de un modo "clandestino" fue la posición de la adivina o bruja, que se convirtió en el último vínculo con las primitivas religiones matriarcales. La hechicera de la aldea era una experta en la magia de la naturaleza, la curación y las relaciones entre las personas, y tenía la capacidad de interactuar con las estaciones, su propio ciclo menstrual y su intuición; ayudaba y guiaba a sus semejantes en lo concerniente a la vida y a la muerte, acutalba como iniciadora y transformadora valiéndose de los rituales de transición y dirigía las ceremonias extáticas que llevaban la unión, la fertilidad y la inspiración a su pueblo.
"Luna Roja" de Miranda Gray
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