sábado, 27 de octubre de 2012

Cuando un ser humano nace, su mente y su cuerpo emocional están completamente sanos. Quizás hacia el tercer o cuarto año de edad empiecen a aparecer las primeras heridas en el cuerpo emocional y se infecten con ese veneno. Pero, si observas a los niños de dos o tres años y te fijas en su manera de comportarse  verás reírse sin parar. Su imaginación es muy poderosa y su manera de soñar una autentica aventura de explotación. Cuando algo va mal reaccionan y se defienden, pero, después, sencillamente se olvidan y vuelven a centrar su atención en el momento presente para seguir jugando, explorando y divirtiéndose. Viven el momento. No se avergüenzan del pasado y no se preocupan por el futuro. Los niños pequeños expresan lo que sienten y no tienen miedo a amar.
Por eso los momentos más felices de nuestra vida son aquellos en los que jugamos como si fuéramos niños, cuando cantamos y bailamos, cuando exploramos y creamos con el propósito de divertirnos. Cuando nos comportamos como niños nos resulta maravilloso porque ese es el estado normal de la mente humana, la tendencia natural. Somos inocentes, igual que los niños, y para nosotros es normal expresar amor. Pero ¿qué nos ha ocurrido? ¿Qué le ha ocurrido al mundo entero?.
Lo que sucedió es que, cuando éramos pequeños, los adultos ya padecían una percepción del mundo equivocada, una percepción altamente contagiosa y que venía de generación en generación  ¿Y cómo nos la transmitieron  Captando nuestra atención y enseñándonos a ser como ellos. Así es como trasladamos nuestras inseguridades a nuestros niños y así es como  nuestros padres  nuestros profesores, nuestros hermanos mayores y toda una sociedad de gente nos la contagio a nosotros. Captaron nuestra atención, y, mediante la repetición, llenaron nuestra mente de información. De  este modo aprendimos , y de este modo programamos una mente humana.
El problema reside en el programa , en la información que hemos almacenado en nuestra mente. Una vez captada la atención de los niños. les enseñamos un lenguaje, les enseñamos a leer, a comportarse y a soñar de un modo determinado.Domesticamos a los seres humanos de la misma manera que domesticamos a un perro a cualquier animal: con castigos y premios. Esto es perfectamente normal. Lo que llamamos educación no es otra cosa que la domesticación del ser humano.
Al principio tenemos miedo de que nos castiguen, pero más tarde también tenemos miedo de no recibir recompensas  de no ser lo bastante buenos para mamá o papá o un  hermano o un profesor. De ese modo es como nace la necesidad de ser aceptado. Antes de eso no nos importa si lo estamos o no. Las opiniones de la gente no son importantes y no lo son porque sólo queremos jugar y vivir el presente.
El miedo a no conseguir la recompensa se convierte en el miedo de ser rechazado. Y el miedo a nos ser lo bastante buenos para otra persona es lo que hace que intentemos cambiar, lo que nos hace crear una imagen. Imagen que intentamos proyectar según lo que quieren que seamos, solo para ser aceptados  solo para recibir el premio.
De ese modo aprendemos a fingir que somos lo que nos somos y perseveramos en ser otra persona con la única finalidad de ser lo suficientemente buenos para mamá, papá, el profesor, nuestra religión o quienquiera que sea. Y con este fin practicamos incansablemente hasta que nos convertimos en maestros de ser lo que no somos.
Pronto olvidamos quienes somos realmente y empezamos a vivir nuestras imágenes  porque no creamos una sola, sino muchas diferentes, según los distintos grupos de gente con la que nos relacionamos. Una imagen para cada casa, una para el colegio, y cuando crecemos, unas cuantas más.
La maestría del amor- Dr. Miguel Ruiz

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