sábado, 27 de febrero de 2016

La mentalidad patriarcal no perfiló a las brujas sólo como mujeres sexualmente activas sino que, además, estaban organizadas. 
La posibilidad de que las mujeres pudieran organizarse para compartir y hacer uso de un conocimiento empírico que podía rivalizar con el saber médico masculino que se impartía en las universidades suponía una transgresión peligrosa. 
El imaginario simbólico patriarcal fomentó el temor a la capacidad de actuación colectiva de las mujeres deslegitimando todas aquellas actividades grupales que se realizaban al margen de la autoridad masculina. La creación de un imaginario poblado de aquelarres, sabbats y pactos colectivos con el diablo fomentó la deslegitimación de las mujeres al incidir en el carácter demoníaco de la naturaleza femenina.

La acusación de prácticas mágicas culmina el proceso de la deslegitimación del saber empírico femenino. Las brujas detentaban un poder que resultaba inadmisible para una estructura androcéntrica cuya hegemonía comenzaba a ser cuestionada por la Querella de las Mujeres y por los movimientos heréticos que amenazaban con fragmentar la unidad de la Iglesia; el poder del conocimiento. Las comadronas, sanadoras y parteras eran las únicas personas que prestaban asistencia médica a las clases sociales más desfavorecidas y, en especial, a las mujeres sin recursos económicos.
Yolanda Beteta Martín.

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