Como condición de entrada al convento, Santa Teresa de Jesús exigía a las novicias el compromiso de dejar de quejarse.
Lo que pudiera parecer una condición de carácter práctico, es sin embargo una práctica espiritual de primer orden que contiene el potencial de transformar nuestra vida.
La práctica del no quejarse disminuye el hábito mental de reaccionar ante el placer y el dolor y por tanto disminuye nuestro sufrimiento y el de los demás.
La mecánica es la siguiente: empezamos a quejarnos para desahogarnos, para aliviar nuestro dolor. Luego, si la persona/s ante quien nos quejamos nos sostiene la queja (porque si no, lo que ocurrirá probablemente es que nos enfademos) seguimos quejándonos para sentir y hacer crecer el gustito o gustazo que nos produce el tener razón. El clímax lo logramos en el momento de sentir que estamos "cargados de razón". Eso si que ya es el gusto supremo...
Por supuesto nada de esto pasa de manera consciente y la reacción de empezar a quejarnos y seguir quejandonos responde a un impulso automático motivado por el hábito mental de reaccionar ante el dolor y el placer.
Sin embargo toda esta cadena de reacciones va a causar necesariamente sufrimiento. Sufrimiento para mi o para otros. Ahora o luego. En mayor o menor medida. Esta es una ley que siempre se cumple. No hay escapatoria.
Por eso la práctica del no quejarse tiene tanta importancia. Aunque al principio nos resulte muy duro o incluso imposible, el darnos cuenta de lo mucho que nos quejamos ya es el primer paso y poco a poco nuestra habilidad para no quejarnos será mayor.
En muy poco tiempo podremos experimentar en primera persona los grandes beneficios de no quejarnos. Nos sentiremos más fuertes, más lúcidos, más responsables, más compasivos con la queja de los demás, más capaces de abrirnos sin resistencia a lo que la vida va trayendo en cada momento.
En definitiva, la práctica del no quejarnos nos lleva a madurar, que al final es de lo que se trata.
Concepción Curiel
www.elobservatorio.org
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