“Cuando mi abuelo ya no sabía quién era yo, ni tan sólo quién era él, me asomaba todas las noches a su cama y al agacharme se me caía un mechón de pelo hacia delante. Él se pasaba tiempo y tiempo y tiempo colocándomelo detrás de la oreja. Por tantos momentos mágicos como ese, no puedo odiar al Alzheimer. Tampoco le puedo querer, se llevó lo que más quería en el mundo.” M.R.
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